A petición de mi audiencia, comparto esta reflexión sobre un tema fundamental. Te invito a leerlo con detenimiento y espíritu abierto. Es de suma importancia.
El Fundamento Bíblico y la Distinción de Género
Desde el principio, las generaciones bajo la ley divina han sido guiadas por un marco de moralidad y distinción. Este principio obedece a un mandato escritural milenario:
“No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera que esto hace”. (Deuteronomio 22:5)
Históricamente, esta norma mantuvo una convergencia comunitaria que reflejaba el respeto a la diferencia natural entre el hombre y la mujer, marcando un decoro humano congruente con el diseño divino (1 Timoteo 2:9). Dios, en su infinita sabiduría, creó dos géneros sustanciales y distintos, y esa diferencia debe ser visible en nuestra presentación pública.
El Factor Biológico y la Responsabilidad Cristiana
Para comprender este concepto, debemos mirar nuestra naturaleza cognitiva y hormonal. Dios nos diseñó con características específicas:
• El Hombre: Reacciona fundamentalmente a través de la vista. Sus sensores biológicos responden de forma natural ante estímulos visuales.
• La Mujer: Reacciona predominantemente a través de la intuición y el afecto.
La mujer cristiana comprende que su cuerpo, expuesto sin prudencia, puede convertirse en un “estigma” o motivo de tropiezo, generando pensamientos de lascivia en el hombre. La ciencia confirma que la estimulación visual activa el hipotálamo y la liberación de oxitocina, generando atracción inmediata. Por ello, el Señor establece un atavío modesto y pudoroso para proteger a Sus hijos e hijas de la tentación.
El Atavío Externo: Dignidad y Libertad
Muchos argumentan que “Dios solo ve el corazón”, pero nuestra apariencia externa es el reflejo de nuestra identidad interna. Existen dos clases de atavío:
El Atavío Externo: Es nuestra carta de presentación ante el mundo.
• La Falda o Vestido Largo: Recomendado por el ministerio apostólico, no solo por decoro, sino por funcionalidad. A diferencia de la falda corta (que restringe el movimiento) o el pantalón (que marca el contorno del cuerpo y es tradicionalmente masculino), el vestido largo otorga libertad de movimiento para caminar, sentarse o subir gradas con total elegancia y sin riesgo de exponerse a situaciones embarazosas.
El Atavío Interno: La Belleza Integral
Sin embargo, la vestimenta exterior carece de valor si no va acompañada de la transformación del alma. Como nos enseña la Palabra:
“Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios”. (1 Pedro 3:3-4)
La verdadera belleza cristiana es una distinción sobria. Nace de un corazón verdaderamente convertido a Jesucristo, manifestándose en un carácter sabio y tolerante.
Conclusión y Legado
Es interesante notar que, a través de los siglos, cuando el mundo intenta representar a María, la madre de Jesús, siempre lo hace con muestras de respeto, decoro y pudor. Ella es el ejemplo de una mujer santa y virtuosa.
Una mujer cristiana debe portar ese mismo sello de pulcritud. Felicito a todas aquellas que conservan este maravilloso legado de santidad y decencia.






